No tiene título en medicina, sin embargo, es el mejor de los médicos. Es mi médico de cabecera, porque él supo sanar heridas que mis primeros auxilios no pudieron. Me dio los mejores remedios, confianza, amistad y muchas sonrisas. Lentamente, mis heridas comenzaron a cicatrizar, mi cuerpo y alma fueron sanando.
Cuando por fin estuvé fuerte, me recetó vitaminas para enfrentarme a situaciones dolorosas y gracias a eso tuve la valentía de decirle adiós a adicciones que me estaban destruyendo.
Todo el dolor que antes me abrumaba, paso a ser un mal recuerdo.Ni los sedantes necesito para dormir. Ahora se escuchan los latidos de mi corazón cada vez que él usa el estetoscopio.
En mi historia clínica figura que salí de terapia intensiva y fue gracias a la dedicación y la paciencia de este humilde médico que lo único que deseó es verme bien.
Sigo débil, no es fácil dejar del día a la noche un vicio, pero cada paso que doy, cada progreso, él está ahí para sujetarme cada vez que tambaleé.
Hoy, se me hace más sencillo respirar y mis ojos ya no lagrimean por el dolor que llevo dentro sino que lagrimean de emoción, porque la vida me hace sonreír mucho más seguido que antes. Sonrisas genuinas que llenan el alma y son capaces de sanar a cualquier enfermo.